Dejarme fluir

Cualquier cosa que diga o escriba sobre los efectos psicológicos de la pandemia, ya están más que escritos y dichos, no me voy a repetir para con mis colegas psicolog@s ni para conmigo misma, que ya he hablado bastante también de ello.

En este post he pensado que os cuente cómo yo lo he vivido, quiero que veáis que todos y cada uno de nosotros hemos tenido nuestro propio proceso y que no por tener herramientas o conocimientos de psicología, pasas por ello cual supermujer que no le afecta nada o que puede con todo. La vulnerabilidad es propia del ser humano y saberlo te ayuda a aceptarla, a aceptarte tal y como eres, con tus debilidades, con tus bajones, tus enfados y tus recuperaciones.

Os pongo en contexto: yo dirijo una residencia de ancianos que en el momento del inicio de la pandemia tiene 50 mayores. Son 50 personas vulnerables cuya responsabilidad y bienestar recae sobre mí y el gran equipo que trabaja en la residencia.

Además, después de estar trabajando en varias clínicas de forma autónoma como psicóloga, unos 4 meses antes de la pandemia me había lanzado a abrir mi propia consulta. Bajo este proyecto, me había embarcado en un Erasmus de Emprendimiento, en el cual ya tenía el acuerdo de trabajo firmado con una empresa holandesa, estancia y vuelos reservados, etcétera.

Así pues, en este escenario aparece el Coronavirus; la organización para la  que trabajo decide  cerrar la residencia (antes de que el estado de alarma nos lo imponga). En un primer momento aparece la incertidumbre, las noticias son desoladoras, cientos de mayores muertos en residencias, funerarias colapsadas, cada día nuevos protocolos de sanidad.

Por otro lado, la consulta se ha de cerrar. Pasan unas semanas en el que el miedo se instala en nuestro centro, y empiezo a pensar que esto va para largo, empiezan a hablar de las ayudas a autónomos, en un primer momento creo que no soy candidata a ello, al tener un trabajo por cuenta ajena y al estar embarcada en un proyecto europeo de emprendimiento, pienso que no puedo cesar o todo se anularía, además seguía teniendo algún paciente online. Me da rabia, rabia porque acababa de empezar un proyecto que aunque me estaba costando dinero,  tiempo y esfuerzo, tenía confianza en él. En estos días, además tocó hacer el primer trimestre y el enfado se apoderó de mí al ver los números. Vivimos en un país en el que trabajar para ti mismo son todo impedimentos, y empezar de cero no es nada fácil.

Por fin, consulto en la asesoría, también a la persona que lleva el Erasmus aquí en Oviedo. Solo se puede esperar. Rabia y frustración empiezan a aparecer.  No soy una persona que brilla por la paciencia, no es mi fuerte y además esperar por algo que no se sabe qué es… Es una situación que desespera. Pero… sólo cabe esperar.  Me informo de nuevo al cabo de dos semanas  y finalmente sí puedo acceder al cese de actividad por reducción de facturación. Por lo menos que no me cueste la economía también.

En la residencia la situación es de tensa calma. Casi cada semana hemos tenido que leer BOE, adaptar nuestro trabajo, realizar nuevas tareas, nuevos registros, trabajar con mascarilla, cambiar los protocolos, animar a los mayores, explicarles lo que pasa, tranquilizar a las familias, y todo ello con los medios escasos de los que disfruta nuestros Servicios Sociales.

El sentimiento de cansancio se acentúa, el tiempo pasa, aparece cierta ansiedad porque la incertidumbre se mantiene. Por suerte, nadie se pone enfermo!

Solucionado el tema cese, mi otra preocupación era el Erasmus. Yo me iba a ir todo el mes de julio a Holanda a trabajar a otra empresa. Empiezo a pensar que en primer lugar, en julio no se va a poder viajar y en segundo lugar, yo no voy a poder coger un mes entero de vacaciones tal y como está la situación en la residencia. Era hacia primero de abril y la asesora me decía que no me preocupara, que de aquí a julio quedaba mucho y seguro que todo volvería a la normalidad. Huelga decir que esto no está siendo así.  Un día, la compañía aérea me canceló el vuelo. De nuevo el sentimiento de desesperanza, todos los planes por el suelo. Hablé con el Host en Holanda, con una amiga que vive allí… No se van a permitir viajes desde España para el verano, seguro. Vale, ahora la lucha por conseguir que me devuelva Airbnb el dinero de mi viaje. Otra pequeña odisea. Tres semanas tardé en conseguir convencer a la persona que alquilaba que me permitiera cancelar sin coste alguno…

Sumamos al carro de las emociones más frustración, cada vez más ansiedad, cada vez más sufrimiento. Un proceso de negación empezó a crecer en mí, no quería ni leer nada sobre psicología, por un lado pensaba que no quería volver a abrir la consulta, no sabía si era un fracaso o cómo calificarlo. Necesitaba hacer un descanso de mi propia mente, pero por otro lado yo “tenía” que estar bien para poder seguir ayudando a la gente que me necesitaba, empecé a brindar ayuda psicológica telefónica, más las consultas online, más la situación en la residencia… Demasiada presión, mi cabeza como una olla a punto de explotar. Así que busqué ayuda entre mis colegas, el autocuidado pasa por reconocer que las emociones te están desbordando, y aunque sabemos que debemos aceptarlas, es un proceso doloroso y costoso que a veces requiere ayuda externa.

Así pues, hice ese proceso de parar, reflexionar, meditar, tomarme mi tiempo, lo asemejé a un duelo y de hecho lo fue, o lo está siendo, el duelo de unos proyectos que no van a suceder o que han cambiado.

Hacia finales de abril ya había aceptado que no habría este año los proyectos que había planificado, tampoco pequeños planes que había hecho (conciertos, estancias de fin de semana…), además había aceptado que el retorno a la consulta sería difícil, quizás temporal y había aceptado y descubierto en cambio, otros aspectos que había obviado y que resultan satisfactorios, como por ejemplo, el disfrutar de tardes libres, de paseos por el pueblo sin prisa, sin pensar en tener algo que hacer. Poco a poco he aceptado que esta situación es una montaña rusa de sucesos diferentes, de emociones que van y vienen, que suben y bajan en picado y he aprendido a lo que estoy llamando “dejarme fluir”.

“Dejarme fluir” significa vivir el día a día. Ahora mismo, en que vivimos pendientes de prorrogas de estados de alarma, cambios de fase cada 15 días, cambios de protocolos, que el futuro es más incierto que nunca, el “dejarme fluir” para mí significa trabajar con lo que tengo ahora, pensar en el futuro inmediato (la semana que viene) y haberme puesto un plazo de tiempo en el que aguanto esta situación.

“Dejarme fluir” significa no dejarme arrastrar por el sentimiento de incertidumbre, de frustración, aceptar cuando éstos aparecen, regalarme un rato de silencio/música/meditación/lo que me pida el cuerpo, para cambiar de actividad, “dejarme fluir” significa disfrutar del momento y de los pequeños detalles que tengo a mi alrededor como el paseo perruno, ver atardecer desde el porche de casa o tomarme un vino a media tarde porque no tengo trabajo que hacer.

“Dejarme fluir” es aceptar que hemos de pasar consulta con mascarilla, sin veros la cara, aceptar que hemos de pasar consulta a dos metros de distancia, sin poder tocaros si fuera necesario.

“Dejarme fluir” me ha dado paz mental y aunque seguimos en esta montaña rusa de emociones, soy capaz de saber que tras la dificultad de la subida, luego viene  el subidón de bajada, y luego, la calma.

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